EL POR QUÉ DE EL BLOGÍGRAFO



El Blogígrafo es un blog destinado a mi producción literaria personal y a recomendaciones que por algún motivo tienen un interés especial, relacionadas con el mundo de la literatura, y a otras que crea que son de interés general. Si queréis colaborar a que este blog crezca con vuestras aportaciones, adelante. Un saludo.





domingo, 3 de diciembre de 2017

El aullido de Ginsberg





Si quieres puedes escuchar la canción mientras lees el relato.







EL AULLIDO DE GINSBERG.
 


Ella y yo solíamos pasar las tardes de domingo bebiendo birras, fumando hierba, leyendo a nuestros autores favoritos y escuchando a Queen, la Credence, los Stones, Dylan...


Leíamos a Ginsberg, a Céline, a Cortázar y a Bukowski en especial.


Leíamos a Kerouac, a Borges, a Burroughs y a Bolaño sobre todo, y a veces sonaba el teléfono y nos llegaban noticias de que algún amigo que también los leía había muerto joven montado a lomos del desbocado caballo blanco. Entonces tocaba ceremonial de cementerio, unas flores, unas sinceras lágrimas y una borrachera en la bodega del Isidro como ofrenda a su memoria.


Vivíamos en un minúsculo pisito centenario comprimido en una estrecha calle del casco antiguo, sin vistas a nada, con enormes humedades y una portería que olía a cloaca, amueblado con antiguallas de segunda mano o reclutados de los que la gente abandonaba en la calle; despojos que yo restauraba y ella pintaba de colores chillones. Sobrevivíamos a base de empleos indignos y trapicheos varios; ella además confeccionaba bisutería y yo pintaba dibujos al carbón que un amigo nos vendía en ferias y mercadillos a cambio de un pequeño porcentaje. A nuestra manera éramos felices porque nos sentíamos libres.


Recuerdo que a veces los de Jehová llamaban a nuestro timbre queriéndonos convencer de que debíamos enderezar nuestro camino de perdición. Me pregunto cómo egipcios, griegos o romanos eran capaces de creer en tantos dioses, cuando yo ni tan siquiera creo en un Padre Todopoderoso. Creo en el padre Bukowski, en el padre Ginsberg, en el padre Fante, en el padre Kerouac, y en muchos otros padres luchando contra lo establecido empleando solo sus palabras escritas, y cuyas obras componían y componen mi particular repertorio de textos sagrados. Mi conciencia es la conciencia de la calle, de la gente, del mundo, no la impuesta por los que lo dirigen y lo destruyen.


Era aquella una España en transformación, un país renaciendo con nuevas expectativas y anhelos en el horizonte. La televisión pública (no había otra), nos ofrecía candorosos programas para no pensar, y nos mostraba a una familia real como un simpático adorno patrio que con la instauración de la monarquía permitiría la diversidad identitaria de cada comunidad, hasta ese momento silenciada y arrinconada bajo el yugo del dictador muerto que defendía con inclemencia el lema de que la patria era una, grande y libre.


Era la de mi juventud una ciudad de yonquis, quinquis, descampados, fábricas abandonadas, progres, familias obreras, y gente intentando cambiar las cosas tras la muerte del tío Paco, en eso que llamaron y siguen llamando “la transición”. Yo era un buen estudiante hasta que debió sucederme algo que jamás he podido identificar y que hizo que todo cambiase. Entonces comencé a trabajar, antes incluso de mi primer afeitado, y eché mi primer polvo antes de cobrar mi primer sueldo.


Aquellos eran tiempos convulsos en los que unos parecían tener prisa por olvidar el pasado y otros se aferraban a él con verdadera pasión y ardor patrio. Una época histórica de movimientos obreros y movilizaciones estudiantiles en los que me vi pinchando las ruedas de los autobuses que años más tarde pasé a conducir, cuando la vida me convirtió en un honrado puntal más del armazón del sistema, pagando mis impuestos y sosteniendo involuntariamente a una legión de corruptos.


La vida era acelerada y nosotros la vivíamos deprisa. Sobrevivíamos con lo justo y nos conformábamos con terminar el día fumando hierba en la cama, y practicando ese sexo que todavía era considerado lujuria, experimentando nuevas opciones de placer, lamiendo cada centímetro de nuestros cuerpos en prolongadas sesiones libidinosas. Saliva, sudor, miel, semen, flujos, lubricantes inventados, hasta caer agotados, derrotados por nuestros impúdicos juegos eróticos sobre las enredadas sábanas, diluidos entre nuestros fluidos en los que consideraba que eran los mejores orgasmos que podía tener, y que el tiempo ha confirmado que efectivamente lo eran. Y tras el sexo un cigarrillo y nuestra mente viajando relajadamente a través de las descarnadas páginas llenas de ironía y crudeza contra la sociedad americana de Bukowski, o del estilo transgresor y libertario del marica, budista y antisistema de Ginsberg, el aullador. Quise ser fiel a las palabras de Dylan quien dijo que un hombre conoce el éxito si en el tiempo que transcurre desde que se levanta por la mañana hasta que se acuesta por la noche ha hecho aquello que le gusta hacer. Pero eso parece tan solo reservado a un puñado de privilegiados como el propio Dylan, a quien Ginsberg describió diciendo que al escucharle cantar le parecía como si un alma hubiese cogido la antorcha de América. Quise ser trovador y juglar. Quise ser pintor y dibujante, y finalmente fui lo que yo mismo construí.  


Ella y yo nos sentíamos bien juntos. Aún recuerdo su áspera belleza descuidada y sin artificios y las rudas palabras con las que me mostraba un cariño que nunca llegó a convertirse en amor. Manteníamos vínculos coincidentes. Nuestras familias fueros ciegas y sordas a nuestros anhelos de juventud y no supieron nunca aceptar la natural mudanza que deja atrás la infancia de los hijos y da paso a nuevos horizontes y perspectivas. Perder el control sobre nuestras decisiones fue insoportable para sus frustradas ambiciones y ambos nos vimos obligados a volar del nido antes de que el raciocinio madurase y tutelase correctamente nuestras decisiones. Los cambios fueron bruscos. De la noche a la mañana reemplazamos a Walt Disney por Sam Peckinpah, el Cola Cao por gin tonics y nos tuvimos que buscar la vida con nuestras propias habilidades.


Todavía recuerdo aquellos domingos despertando a mediodía, aturdidos por los excesos de la noche anterior, resacosos, espesos, silenciosos, casi espectrales, viviendo en nuestro pequeño universo inventado en el que no existían ni ángeles ni demonios y en el que no tenía cabida una sociedad estudiadamente correcta que para nosotros era tan solo un lejano eco de algo que sabíamos que existía, pero que en absoluto nos seducía. Barcelona bullía con nuevas propuestas culturales hasta ese momento silenciadas por el puritanismo del dictador enterrado, el cine se destapaba, se hablaba de sexo sin disimulos, las mujeres emprendían por fin el largo camino hacia la liberalización social que hasta entonces les permitía poco más que convertirse en solícitas amas de casa sometidas a un esposo sustentador, y nuestros amigos gais podían comenzar a mostrarse con libertad, liberándose de la ofensiva definición de maricones.


Muchos no habíamos hablado de sexo con nuestros padres, un tema tabú del que ellos tampoco manejaban demasiada información, y aquella de la que disponían era blanda, escasamente educativa y carente de detalles ilustrativos, debido a la falta de práctica y al desconocimiento derivado de una educación franquista que tan solo les autorizaba a fornicar en una postura, con el único objetivo para el que estaba permitido el sexo y que no era otro más que el de procrear. Nuestra generación afortunadamente amplió miras más allá del misionero. Recuerdo mi primera mamada, mi primer 69, mi primer trío. Vivíamos sin previsiones, sin meditar decisiones, sin paracaídas, sin futuro, sin… Me conformaba con el aullido de Ginsberg denunciando a las fuerzas destructivas del capitalismo como filosofía de vida presidiendo mi particular biblioteca de títulos, capitaneada por la generación beat, autores que devoraba hinchando de inconformismo juvenil mi cerebro narcotizado de sustancias que se resistía  ferozmente a sucumbir ante el endeble y dubitativo sistema en proceso de construcción. Mi rebeldía a veces me llevaba incluso a rugir y aullar, y ahora no me atrevo ni tan siquiera a maullar. Han pasado cuarenta años de aquella transición y aunque no lo parezca, gracias al camuflaje que ofrece ese ingenioso fraude llamado democracia, continúan mandando los de siempre, respaldados por los mismos aliados de siempre.


Ella murió. La hierba ya no era suficiente para hacerle soportar su mundo y dio el fatídico salto. Era obvio que uno de los dos debía palmar para que el otro tomase conciencia del error de una vida sin límites. Hace ya mucho tiempo que sucedió, pero siempre hay quien deja un hueco en el corazón que nunca vuelve a llenarse; un hueco en el que se instalan la añoranza y la nostalgia; el óxido de reminiscencias de un pasado desinhibido, de cuerpos jóvenes que todo lo resisten, de cerebros inmaduros que se comen el mundo con sus ideas transgresoras hasta que el mundo se los come a ellos. No quiso escuchar mis peticiones primero y mis súplicas después para que abandonase su infausto camino sin retorno, pero siempre fue fiel a sus principios y nunca dejó que nadie interviniese en sus decisiones; fuesen las que fuesen, jamás cedió a nadie el control del más mínimo fragmento de su vida. Por lo único que luchó fue para lograr convencerme de que yo no me sintiese culpable de su trágico final.


Al salir del funeral me sentí solo y vacío. Vagué cabizbajo ajeno al mundo que me rodeaba. Caminé hasta la madrugada, recorriendo taciturno las mismas calles sucias que frecuentábamos en busca de diversión, mientras la policía olfateaba entre la chusma desde sus coches patrulla. Mi mente hervía llena de imágenes desordenadas y recuerdos mal hilvanados; fotogramas de familiares, amigos, sus risas, las mías, sus orgasmos, los míos, cuando me pedía opinión sobre su bisutería, cuando me la daba sobre mis dibujos, los libros que leíamos y nuestras opiniones sobre ellos, Bukowski, Ginsberg, Burroughs…, los discos de Dylan, The Doors, Queen, los Stones…, aquellas posturas imposibles en la cama, en el sofá, en…, su decadencia, sus últimos días, el momento en el que con todos aquellos tubos adheridos con esparadrapo a su cuerpo me hizo jurar que no avisaría de su muerte a su familia.


Cuando me harté de peregrinar a ninguna parte regresé a casa. Con lágrimas en los ojos dudé durante unos interminables minutos antes de reunir el valor suficiente para encajar la llave en la cerradura. Al abrir la puerta sentí el frío bofetón del vacío total. Nada me apetecía. Aquellos adorados libros y venerados discos parecían querer alejarse de mí. Finalmente fui capaz de coger un libro y comenzar a leerlo de nuevo. Era el Aullido de Ginsberg, su obra favorita. Estuve una semana entera encerrado en casa, casi sin comer ni dormir, sin atender llamadas, con la única compañía de su recuerdo y la de nuestros libros favoritos, releyéndolos una y otra vez, intentando encontrar respuestas en ellos, escuchando una y otra vez el disco Blonde on Blonde de Dylan que ella me había regalado la última Navidad, hasta que me di cuenta de lo absurdo que era dejarse llevar por semejante locura, momento que coincidió cuando la nevera se vació del todo y se terminaron las cervezas. Me abandoné en los brazos del curador paso del tiempo hasta que este me ofreció la oportunidad de comenzar una nueva vida junto a una maravillosa mujer que todavía hoy, 30 años después, por alguno de esos extraños e inexplicables fenómenos de la naturaleza continúa soportándome.


A veces en mis sueños todavía me despojo de la coraza de modélico padre de familia y regreso de vuelta al mundo canalla del que tanto disfrutaba, vuelvo a la hiperactividad de esa juventud de sueños extravagantes y alocados de un joven sin estudios, sueños imposibles para ser llevados a cabo por alguien sin recursos ni habilidades, pero que con el ímpetu propio de la edad me veía en condiciones de intentarlo, por si de alguna manera se producía el milagro. En esa recreación ilusoria ella continúa mostrándose tan real como 35 años atrás, pero en absoluto accesible. A pesar de tratarse de un sueño yo me veo como en la actualidad, y ella me ve a mi más como a un padre que como al amante que fui. El subconsciente a veces juega estas malas pasadas. En la actualidad todavía me pregunto qué habría sido de nosotros de no haber fallecido, si seguiríamos juntos, a que nos dedicaríamos, cómo habría sido nuestro hijo, ya que las analíticas que le hicieron al ingresar en el hospital revelaron que estaba embarazada.


Esto lo estoy escribiendo porque ella no está pero sigue viva en mi recuerdo, muchos años después, cuando mi narcótico es Internet, las noches son para dormir, solo soy un fumador pasivo y el alcohol queda reservado para las fiestas familiares. Me he convertido ya en un hombre maduro que escribe camuflado bajo un ridículo pseudónimo, tal vez porque pretenda escapar de un verdadero yo que no me gusta, del acontecer vital de un tipo insatisfecho con lo hecho durante su vida y con lo que sigue haciendo, pero feliz por tener una familia construida a base de amor, único aliciente para continuar intentándolo, para seguir adelante, para dejar atrás ese pasado del que solo quedan recuerdos y viejos libros palideciendo en los estantes, aunque siempre con la sensación de no haber sido capaz de pasar página definitivamente. En ocasiones creo que solo por mi mujer y mi hija mantengo todavía la cordura. De vez en cuando me gusta escribir sobre mí mismo, porque tal y como dijo Gingsberg: “Es cierto que escribo sobre mí mismo pero ¿A qué otro conozco mejor?”


Es ahora cuando me doy cuenta de que a lo largo de mi vida la suerte me ha sonreído más de lo que yo pensaba. No me importa cumplir años. No estamos aquí para ser eternos. La edad tan solo es para mí un concepto que conforme avanza va acortando mi vida, conduciéndome irremediablemente hacia el fin del cuerpo físico. Tal vez por eso escribo, para dejar algo mío cuando llegue el momento de dar el paso. De momento sigo adelante, más arrugado, menos ágil, más cegato, menos fuerte, viendo solo cenizas en lo que antaño parecía arder, sosteniendo entre mis manos, sobre las que ya comienzan a aflorar esas feas manchas parduzcas, las páginas amarillentas del poemario “Aullido y otros poemas” que me acompaña desde hace más de tres décadas, una obra de arte que reflejó la realidad de muchos estadounidenses, habitantes de un país que se recuperaba de las guerras, hábilmente escrito por Allen Ginsberg y que el súbito recuerdo de ella, de su ímpetu, de su fresca juventud, me ha hecho volver a releer por enésima vez. En cada nueva relectura me veo más viejo, gordo y feo y con más graduación en mis gafas de lectura, pero sus páginas siempre consiguen resucitar mi espíritu más rebelde, trasladándome en cada estrofa hasta mi cada vez más lejana juventud envuelto en versos poderosos, necesarios para ahogar en los recuerdos mi propio aullido.


  


 


 


 


 


 


 


 


 

domingo, 24 de septiembre de 2017

SOLO PARA SOÑADORES




Dream On - Aerosmith.

SI TE APETECE PUEDES ESCUCHAR LA CANCIÓN MIENTRAS LEES.

 
 
SOLO PARA SOÑADORES.
 
La mayoría avanzamos erróneamente
sobre la senda de nuestros días
de trayecto en dirección al sepulcro.
Me exploro, y exploro también
a los que me rodean.
En una gran ciudad
como en la que vivo
hay muchos a los que observar.
Y veo a tanta gente carente de brillantez,
meros comparsas sobre el asfalto
sin saber qué hacer con sus vidas,
sin saber aprovechar
la época que les ha tocado vivir,
sin saber…
Extraña sociedad.
Mientras unos tiran comida a la basura
otros rebuscan entre la basura
algo que poder comer,
mientras unos sueñan,
otros olvidan sus sueños
e ignoran los del resto,
al mismo tiempo
que guerras y muerte
siguen escribiendo
la historia de la humanidad.
Muchos piensan que solo sus problemas
(que a veces no lo son)
son los únicos importantes,
y acuden a los bares
para divulgar sus burradas
ante una audiencia igual de insensata.
Las noticias nos hablan
de muertes en cruentas guerras
donde mueren los que no importan,
muertes por ajustes de cuentas,
muertes pasionales,
muertes por capricho,
muertes, muertes y más muertes…
Las garras de los poderosos
siempre oprimiendo a los más débiles,
que debaten como pueden su fragilidad
ante esa trampa llamada libertad,
ideada por el poder 
para seguir delinquiendo
en su ficticia vida de fingimiento
como supuestos defensores
de la paz y la justicia,
exhibida solo para maquillar
su corrupta podredumbre .
Mi vecino se compra un coche
que no puede mantener,
mi cuñada engorda sus tetas,
el encargado de la fábrica
no conoce ni su barrio
y se va a conocer Tailandia,
y nos compramos televisores
que son como nuestros cerebros:
cada vez más planos.
Pero somos así: ganado consumista;
estoy seguro que a Marco Antonio
le hubiese gustado tener un teléfono
para enviarle watshaps  guarros a Cleopatra.
Los padres conceden caprichos
a sus malcriados hijos,
convirtiéndolos en superfluos seres
que cuando deben saltar
al ruedo de la vida
por sus propios medios
no saben ni como sujetar el capote
que les permitirá cumplir sus sueños.
Muchas veces
me parece ver solo muertos
que intentan vivir una vida inanimada,
y voy y llego yo
pretendiendo no desperdiciar la mía,
y tengo la ocurrencia
de decir que quiero ayudar
a los que tienen un sueño,
que deseo dar algo de mí
a quien lo necesita,
que intento aportar
algo positivo a esta sociedad
con mi anónima existencia,
y algunos se ríen de mí,
otros me ignoran,
o me desdeñan,
o me miran como a un bicho raro.
No está mal ser un tipo
al que nadie tiene en cuenta;
puedes hacer cosas
sin necesidad de ponerles más precio
que el pago que recibe el corazón.
La Tierra no es el mejor planeta para el ser humano.
Pero es lo que conlleva el ser un soñador:
convertirse en un iluso
al que la mayoría trata con indiferencia.
Y veo esos sueños en la calle,
en rostros que se estrellan
contra las barreras del mundo;
veo sueños en esas miradas,
a veces iluminadas,
a veces tristes;
veo sueños en el espejo de mi baño
en un rostro cada vez más viejo y cansado.
Pero como dijo el gran Bukowski:
“El soñador es quien mejor interpreta la naturaleza del sueño”.
Por lo que seguiré fiel a mis principios.
Ni quiero ni busco que ningún ángel
pronuncie mi nombre,
ni que ninguna paloma blanca
se pose en mi mano,
tenderla al que me la pida
es lo que pretendo,
y que alguien la acepte
es mi única aspiración.
Al Segar.
 
 
 

sábado, 24 de junio de 2017

EL MENSAJERO





Puedes escuchar la canción mientras lees.







EL MENSAJERO.


 


Se presentaba de repente,


ocasionalmente al principio,


a diario después,


desprovisto de presencia física,


como un ente incorpóreo.


No había manera de deshacerse de él.


Al principio le rechazaba,


desafiaba sus ataques,


sus ofensas,


sus crueles embestidas;


me hablaba como la voz de mi conciencia


y yo hacía oídos sordos.


Me preguntaba a qué estaba jugando a mi edad,


que qué diablos pretendía conseguir un tipo como yo


inventando un absurdo alter ego


cuando nunca había sabido encauzar


convenientemente mi propia vida,


que como osaba un ignorante sin formación


meterse en utópicas batallas intelectuales


con la derrota como indiscutible destino.


Podía aparecerse a cualquier hora del día,


incluso de la noche


entre cenagosos sueños


de conquistas frustradas.


Era un cabronazo,


pero como todos los cabronazos


hablaba claro.


Me decía que cada vez me quedaba menos tiempo


como para andar desperdiciándolo


en inútiles aventuras


que no conducían a nada.


Y poco a poco fue convenciéndome.


Comencé a escuchar sus palabras


que se transformaron


de alevosas intimidaciones


a sabios razonamientos


cargados de  sólidos fundamentos.


Tuvimos largas conversaciones


tras las que recientemente


terminé dándole la razón,


cuando fui capaz


de entender toda la sensatez


de sus argumentos.


Podría decir incluso


que llegamos a ser amigos,


si es que se puede tener un amigo invisible


lejos de la niñez.


Pero la suya era una amistad perecedera.


Una vez acabado su trabajo conmigo


partió en busca de la conciencia


de otro pobre diablo


con inconsistentes pretensiones artísticas.


Hacerle caso ha sido la mejor manera


de que desapareciese de mi vida,


después de que consiguiese abrirme los ojos


y hacerme ver que las evidencias


demuestran la triste realidad


de mis infructuosos esfuerzos


en busca de progresar.


El olvido y el alejamiento


son la mejor respuesta


que se puede recibir


para poder tocar la realidad.


Vivir por un sueño está muy bien,


vivir en un sueño no es nada recomendable,


por lo que finalmente


debo darle la razón


al puto mensajero de mi conciencia,


digerir toda su sabiduría,


y después de tantos fracasos


de impetuoso pero desatinado bohemio


terminar convencido de una vez por todas


de que ha llegado mi fecha de caducidad,


de que lo más sensato es abandonar


y dejar esto en manos


de los verdaderamente profesionales.


 

martes, 11 de abril de 2017

AQUÍ ESTOY





 SI QUIERES PUEDES ESCUCHAR LA CANCIÓN MIENTRAS LEES.





AQUÍ ESTOY.


 


En el ratito de cada tarde,


sentado frente al teclado,


la lámpara de sobremesa


tenue y acogedora,


algo de música,


clásicos de los 70 sonando suavemente,


una bebida fresca a mi derecha,


descalzo, como me gusta


y buscando no sé qué


con lo que escribo,


en esta edad


en la que ya no soy joven


pero tampoco viejo,


y las malas noticias


comienzan a llegar.


Ya no creo en casi nada ni nadie,


estoy de vuelta de ciertas cosas


y otras me aburren del todo,


pero sigo escribiendo


sin convicción


pero por costumbre,


por rutina,


o por cariño tal vez,


sentado frente a la pantalla en blanco


a la que no sé realmente que contarle,


con esas sombras acechándome


desde la penumbra del cuarto


y el fracaso llamando a la puerta.


Ya no me importa acabar frases,


poemas


o relatos,


dejarlos para otro día más ilusionante


o desecharlos del todo;


nadie los espera;


a nadie le interesan mis frustraciones,


y ya no veo luz


en estas palabras escritas.


Tan solo soy el producto


de un pasado deshilachado


que ha derivado


en un presente insípido


y un futuro inquietante.

jueves, 10 de noviembre de 2016

6 de 6 (Reseña de Las lágrimas de Chet Baker caen a piscinas doradas.)

 
 


6 de 6

(Reseña de Las lágrimas de Chet Baker caen a piscinas doradas.)

Abel Santos. Chamán Ediciones.

Abel Santos es el claro ejemplo de la maleabilidad del ser humano, de la capacidad de conseguir mutar una vida de peligrosos excesos, en un excelso repertorio de versos rompedores.

Abel Santos supo sustituir a tiempo su arriesgado armamento de drogas y largas noches de alcohol y desenfrenos, por breves y contundentes poemas cargados de vibrante munición literaria, poemas que son capaces incluso de destilar música al leerlos, tal y como asegura el prologuista de lujo de la obra, Diego Vasallo (Duncan Dhu): Los poemas de Abel Santos son como las notas lánguidas de Chet Baker, que viven entre las calles de una ciudad cualquiera en una tarde de verano.

            Es la suya una poesía cotidiana, nacida de experiencias propias que sin lugar a duda han condicionado su obra, germinada indiscutiblemente en el realismo sucio y bastardo, reflejo de cuando la vida del autor era un camino de sentido único en dirección a la perdición, hasta que un buen día decidiese venderle su alma a la poesía en lugar de al diablo, quien ya se frotaba las manos ante la que consideraba una nueva víctima apresada entre sus perniciosas redes, esas en las que quedan atrapadas desperdiciadas vidas hechas añicos, vidas que son solo restos de polvo blanco en un billete de 10, en manos de tipos que en sórdidos tugurios beben sus cervezas en las jarras del olvido. Se trata de una poesía que se nutre de la calle, que no se anda por las ramas, que sabe lo que quiere decirnos, y que lo hace sin estridencias, sin coraza, a pelo, sin prescindibles ni excesivas metáforas, tan solo las justas y necesarias.

            Abel Santos abandonó sus adicciones para convertirnos a sus lectores en adictos a sus versos. Sustituyó las sucias rayas de blanca muerte por impolutas líneas de negra tinta llenas de vida. Es una poesía cercana, comprensible, embrujadora, extirpada directamente a las entrañas de una vida afortunadamente rehabilitada, sin contemplaciones, sin bisturí, diseccionando hábilmente los pasos mal dados en el pasado en busca del esplendor, del renacer, de la evolución.

            Con “Las lágrimas de Chet Baker caen a piscinas doradas” ha dado un importante y certero giro a su carrera, orientándola hacia una nueva luz, dejando atrás grises puestas de sol y dando paso a coloridos y seductores amaneceres. Mucho habrán influido en ello los cambios positivos experimentados recientemente en su vida, reflejados como pudimos comprobar los que asistimos a la presentación de su poemario en la mirada cansada pero feliz de una madre que tantas veces habrá visto a su hijo tocar fondo, y que ahora puede comprobar como alza de nuevo el vuelo, con la carta de presentación de un poemario lleno de poemas frescos de quien afronta el futuro con nuevas y renovadas esperanzas, dejando atrás un pasado oscuro, pero sin duda necesario para que hayamos podido descubrirle. En Chamán Ediciones se han dado cuenta de ello y nos lo presentan en su colección “Chamán ante el fuego” sin miedo a quemarse, algo imposible mientras sigan apostando por autores de la calidad de Abel Santos.

            Chamán Ediciones nos presenta en esta obra a un poeta de larga trayectoria. Es este su sexto poemario desde que en el año 1998 publicase su primera obra: Esencia (Ediciones AZ90), por lo que nos encontramos a un autor más maduro, ahora que acaba de cumplir los 40 y del que la editorial nos muestra un poemario brillante, encerrado en un elegante envase con el que nos brindan con mimo, esmero y cuidados detalles estéticos todas las obras que publican.

            En definitiva, Las lágrimas de Chet Baker caen a piscinas doradas, es la obra de un autor contemporáneo de obligada lectura. El sexto título de Abel Santos. El sexto título de Chamán Ediciones, 6 de 6, y el diablo que se frotaba las manos con quien parecía una captura asegurada, quedándose con las ganas de obtener su tercer 6 gracias, una vez más, a la redentora poesía.
Al Segar.